Lejos de ser una de esas declaraciones de amor, lejos de ser la típica carta que se le envía a ésos a quienes no podemos evitar querer y añorar con cada segundo de cada hora que sentencia el reloj, lejos de ser cualquier abrumante y exasperante demostración de mi afecto por ti, escribo esta entrada.
Porque sí, los 1300 kilómetros que nos separan me revuelven las entrañas, me sacan de quicio, me molestan. Porque ya no sé cómo llamar tu atención, ya no sé cómo gritarle al viento, a las nubes, al suelo... He intentado tantas veces demostrarte que estoy aquí que he arañado el espacio buscando un ápice de comunicación, buscando un hilo que me devuelva esa sonrisa, esa voz, esa frescura de primavera. Pero nunca estás ahí, nunca te veo venir, nunca escucho nada. Me siento como si hablara al infinito y que éste, como niño juguetón y travieso, ropiese mis palabras en mil fragmentos, jugase con ellos y los dejase abandonados a su suerte. Me siento olvidada por ti y en ese olvido profundo sólo siento desasosiego, sólo siento que me desespero, sólo siento que me dueles. Y es posible que si te olvido yo entonces tú comiences a recordarme, a echar de menos mis manos, mis ojos, mi ganas de salir y comerme de un bocado el mundo. Es posible, sí, que si yo dejase por un minuto de pensar en ti, entonces revivieras tú el recuerdo de mi imagen, quisieras abrazarme y sujetar mi mano y quisieras impedir que me marchase. También sería posible que si dejase de pensarte tú entonces me pensaras menos, que mis recuerdos se convirtieran en espesa bruma, que lo poco que te queda de mí desapareciera, sería posible que la distancia nos sentenciase. Sería posible que lo imposible fuese posible, porque yo, en este mar de locura inmensa, ya no veo lo que he de ver.
Porque sí, los 1300 kilómetros que nos separan me revuelven las entrañas, me sacan de quicio, me molestan. Porque ya no sé cómo llamar tu atención, ya no sé cómo gritarle al viento, a las nubes, al suelo... He intentado tantas veces demostrarte que estoy aquí que he arañado el espacio buscando un ápice de comunicación, buscando un hilo que me devuelva esa sonrisa, esa voz, esa frescura de primavera. Pero nunca estás ahí, nunca te veo venir, nunca escucho nada. Me siento como si hablara al infinito y que éste, como niño juguetón y travieso, ropiese mis palabras en mil fragmentos, jugase con ellos y los dejase abandonados a su suerte. Me siento olvidada por ti y en ese olvido profundo sólo siento desasosiego, sólo siento que me desespero, sólo siento que me dueles. Y es posible que si te olvido yo entonces tú comiences a recordarme, a echar de menos mis manos, mis ojos, mi ganas de salir y comerme de un bocado el mundo. Es posible, sí, que si yo dejase por un minuto de pensar en ti, entonces revivieras tú el recuerdo de mi imagen, quisieras abrazarme y sujetar mi mano y quisieras impedir que me marchase. También sería posible que si dejase de pensarte tú entonces me pensaras menos, que mis recuerdos se convirtieran en espesa bruma, que lo poco que te queda de mí desapareciera, sería posible que la distancia nos sentenciase. Sería posible que lo imposible fuese posible, porque yo, en este mar de locura inmensa, ya no veo lo que he de ver.